En el peor de los casos es imperativo recordar que todo tiene solución, menos la muerte, pero ante la ausencia de ojos correctos no le quedaría más remedio que empezar de nuevo.
Entre los finos dedos de Isabel pendía el último momento de paz, pendía también una paleta de colores en tonos rosa, todos los cuales fueron en algún momento de su vida sus favoritos. Podía sentir al rosa secándose en la base de su mano, luego se agrietaría y sería sacudido como polvo, sería mejor que verlo disolverse en el agua.
La mayoría de las veces le parecía que la fuente de piedra sobre la tela era un escenario prehistórico o tal vez un pozo donde una niña vestida en símbolos dibujados en su cuerpo descubría frente a ella a otra niña, uno o dos años mayor, y se volverían hermanas de vida.
Otras veces estaba segura de que había sido una trinchera de guerra, en un pasado incierto, una guerra de espadas, no de balas ni de cañones, un refugio contra flechas en llamas para esconderse de la muerte.
Pero con la omnipotencia de sus manos en el escenario que la enfrentaba había decidido que la fuente de piedra debía ser el punto de encuentro de una mujer impresionante con un hombre noble, bajo el cielo rosa que con tanta poesía acababa de nacer.
La impresionante mujer recibiría allí la carta, a plena conciencia de que lo importante no es el destino final sino el camino se elige para llegar ahí.
Amelia , no es por culpa de sus trazos que suspiro esta mañana, es porque simplemente no consigo comprender el motivo de nuestras penas compartidas, usted y yo, tan dignos y agradables, que hemos preparado un camino lleno de motivos para vivir tan profundos; nosotros, quienes al igual que otros tantos, vivimos bajo la ley de Dios y de los hombres, somos sin embargo quienes debemos cargar con el peso de los recientes acontecimientos, como si de nada hubiesen servido tantas largas horas, días y semanas de buscar únicamente ser la mejor versión de nosotros mismos.
No presumo que usted al igual que yo sienta que estamos varados en una situación injusta, pues sé que únicamente yo puedo observar la vida como esta increíble sucesión de hechos merecidos, pero el silencio no es parte de mi costumbre.
Releyó la carta, segura de que no había tanta virtud en su vida como él pensaba, partió a la mitad la hoja y armó dos pequeños barcos de papel que dejó flotando en el agua de la fuente, a merced del tiempo. No había necesidad de responderla, un hombre tan impaciente seguramente estaría ya en camino.
Nuevas flores aparecieron lentamente en el mismo jardín prehistórico, bélico y náutico en el que ella esperaba acostada junto a la fuente, hipnotizada por las nubes violeta que inundaban sus ojos esa tarde.
Las pequeñas manos de las niñas le parecieron dibujarse en el aire, como una silueta a lápiz hecha por una mano de pulso firme, las escuchó reír. Ambas, ahora completas, corrieron en círculos por un momento antes de zambullirse a jugar en la fuente, la más pequeña, a pesar de los símbolos en su cuerpo, era la más encantadora.
Él llegó después, pero no era quien ella esperaba, era otro, un aterrado militante abrazado a un escudo de plata, buscando un lugar seguro. Imposibilitado de admirar su entorno, absorto en el miedo que sentía, pudo al menos verla y sentirse un poco más a salvo.
Amelia reconoció un par de zapatos, y la emoción previa a un encuentro pautado, pero ni siquiera un talón o una pierna, ni siquiera una mano para aferrarse, sólo sus zapatos negros entre las flores rosadas. Toda una tarde de expectativas desperdiciada ante la incapacidad de esos dedos finos que no pudieron dar con el exacto rostro del hombre noble que ansiaba junto a ella en el jardín de la fuente de piedra.
No tenía caso, insistía en el cuaderno de dibujo, ensayando los ojos correctos, en vano. Isabel prefería explorar otras posibilidades alrededor de su fuente, en la total abulia de continuar intentando inventar ojos imposibles. De sus dedos pendía la tranquilidad de Amelia, quien seguía condenada a la soledad de la ansiosa espera, por culpa de una perfeccionista inútil. A ella poco le importaba la forma de sus ojos, únicamente necesitaba verlos, sentirlos sobre ella para desencadenarse de la expectativa de su llegada.
Arrancó varias flores para tejerse una diadema, junto a la fuente bajo el cielo rosa, esperando impacientemente porque un destello en una mente ajena le conceda ese momento de gracia, en la paz abundante que necesitaba y que llegaría en esos ojos nuevos pero familiares tras una carta que tal vez no debió romper.

0 opiniones:
Publicar un comentario en la entrada